PS Activa Centro de Psicología en Granada
Olvidar una palabra, no recordar dónde se dejaron las llaves o necesitar una lista para hacer la compra son cosas que le pasan a cualquiera, a cualquier edad. En las personas mayores, además, es esperable que la memoria, la atención o la rapidez para recuperar información cambien un poco con el paso de los años.
Pero no todos los olvidos se pueden meter en el mismo saco. Lo importante no es fijarse en un despiste aislado, sino observar si hay un cambio respecto a cómo era antes la persona, si ese cambio se repite y si empieza a notarse en su día a día.
Dicho de forma sencilla: la pregunta que de verdad importa no es “¿se le olvidan cosas?”, sino “¿ha cambiado su forma de desenvolverse, y ese cambio va a más?”
Es habitual que las familias se preocupen cuando un padre, una madre o un familiar mayor empieza a decir cosas como: “Se me olvidan más las cosas”, “Antes tenía mejor memoria”, “No sé dónde he puesto esto” o “Me noto más torpe” .
Son quejas muy frecuentes, y no significan necesariamente que haya una demencia o una enfermedad neurodegenerativa detrás.
A veces los olvidos vienen del cansancio, del estrés, de la tristeza, de la ansiedad, de dormir mal, de un cambio de rutina, de la soledad, de alguna enfermedad o incluso de ciertos medicamentos. La memoria no funciona aislada: depende también de la atención, del estado de ánimo, del descanso y de lo activa que esté la persona.
Por eso, un olvido puntual no debería interpretarse de forma alarmista. Tardar en recordar un nombre, olvidar una palabra por un momento o necesitar algo más de apoyo para organizar ciertas tareas puede entrar dentro de lo esperable, siempre que la persona mantenga su autonomía y siga llevando su vida con normalidad.
Hay olvidos que, por sí solos, no tienen por qué preocupar. Por ejemplo:
En estos casos suele ser tranquilizador ver que la persona puede compensar el despiste con recursos sencillos: una agenda, un calendario, notas, alarmas, rutinas o alguna ayuda puntual.
Es decir: el olvido existe, pero no le impide seguir con su vida.
La preocupación crece cuando los olvidos son nuevos, frecuentes, persistentes o van a más. Cuando la familia empieza a notar que “esto antes no pasaba”, o que cada vez ocurre con más frecuencia.
También conviene prestar atención cuando los olvidos empiezan a afectar a tareas que antes la persona resolvía sin dificultad: tomar bien la medicación, manejar dinero, acudir a las citas, hacer la compra, preparar las comidas de siempre, seguir una conversación o tomar decisiones del día a día.
No se trata de mirar solo la memoria, sino el conjunto: orientación, lenguaje, atención, organización, conducta, estado de ánimo y autonomía.
Una persona puede olvidar una palabra y estar perfectamente bien. Pero si empieza a confundirse con la medicación, se desorienta en sitios que conoce de toda la vida o repite la misma pregunta varias veces en poco tiempo, conviene valorar con más detalle qué está pasando.
Hay algunas señales que no significan por sí solas que exista una demencia, pero sí indican que merece la pena pedir una valoración profesional.
Una de las más importantes es que los olvidos empiecen a interferir en el día a día: pagos olvidados, confusión con la medicación, citas importantes que se pasan por alto o dificultad para hacer gestiones habituales.
También preocupa la desorientación. No hablamos de despistarse un día concreto, sino de perderse en lugares conocidos, no saber bien qué día es de forma repetida o confundirse a menudo con horarios y rutinas.
Otra señal es repetir preguntas o conversaciones con mucha frecuencia, sobre todo cuando la persona no recuerda haber preguntado lo mismo hace un momento.
El lenguaje también da pistas. Buscar una palabra de vez en cuando es normal. Pero si la persona pierde el hilo con frecuencia, le cuesta entender instrucciones sencillas o empieza a evitar conversaciones que antes seguía sin problema, es algo que conviene observar.
Los cambios de ánimo o de conducta también importan: la apatía, la irritabilidad, la ansiedad, la tristeza que se mantiene en el tiempo, el aislamiento, la pérdida deiniciativa o los problemas de sueño pueden influir en la memoria o acompañar cambios cognitivos.
La familia aporta una información muy valiosa, porque ve a la persona en situaciones reales del día a día, no solo en un momento puntual.
Algunas preguntas que pueden ayudar a poner el foco:
También ayuda comparar con cómo era esa persona antes. No todas las personas mayores tienen el mismo nivel de autonomía, estudios, hábitos o forma de organizarse, así que lo relevante es si ha cambiado respecto a sí misma.
A veces es la propia persona la que se preocupa mucho por fallos leves. Otras veces ocurre justo lo contrario: la familia nota cambios claros y la persona les resta importancia. Las dos situaciones merecen escucharse con calma.
Pedir una valoración no significa dar por hecho que hay un problema grave. Significa entender con más precisión qué puede estar pasando.
Tiene sentido consultar cuando los olvidos son persistentes, van a más, empiezan a afectar a la autonomía o generan una preocupación que no desaparece en la familia.
También cuando aparecen junto a desorientación, cambios de conducta, dificultades con el lenguaje, problemas para manejar el dinero, la medicación o las citas, o cuando el empeoramiento es rápido.
Si el cambio aparece de forma brusca o se acompaña de confusión intensa, somnolencia, fiebre, caída reciente o empeoramiento rápido, conviene consultar con servicios sanitarios cuanto antes.
Una valoración profesional permite explorar distintas posibilidades: cambios propios de la edad, ansiedad, depresión, problemas de sueño, efectos de algún medicamento, enfermedades médicas, deterioro cognitivo leve u otros cuadros que conviene seguir de cerca.
Lo importante es evitar los dos extremos: pensar que cualquier olvido es Alzheimer, o decir siempre que “es normal por la edad”. Entre alarmarse y quitarle importancia hay un punto intermedio: observar, valorar y orientar.
La estimulación cognitiva no es una cura ni una forma garantizada de prevenir la demencia. La evidencia actual invita a ser prudentes: puede ayudar a trabajar funciones como la memoria, la atención, el lenguaje, la orientación o la planificación, pero sus efectos no son iguales en todas las personas ni sustituyen una valoración profesional.
En la práctica, los talleres de memoria aportan también otros beneficios: ayudan a mantener una rutina, favorecen la actividad mental, fomentan la relación social y permiten trabajar estrategias útiles para el día a día.
No se trata solo de hacer ejercicios, sino de ofrecer una actividad guiada, adaptada y continuada, en un entorno donde la persona pueda participar, sentirse acompañada y mantenerse activa.
En PS Activa, nuestros talleres de memoria en Granada están pensados para personas mayores que quieren mantenerse activas cognitivamente y contar con acompañamiento profesional. Antes de empezar cualquier programa, es recomendable valorar cada caso para ajustar las actividades al nivel, las necesidades y los objetivos de la persona.
Si quieres saber más sobre en qué consisten estos talleres, puedes leer «Qué son los talleres de memoria y para quién están recomendados».
Descubre nuestros talleres de memoria en Granada
Un olvido aislado no tiene por qué preocupar. Lo que merece más atención es el patrón:
Observar a tiempo ayuda a tomar mejores decisiones.
Podemos orientarte
En PS Activa trabajamos con personas mayores y familias que tienen dudas sobre cambios de memoria, atención u orientación.
Si te preocupa la evolución de la memoria de un familiar, podemos orientarte y valorar qué tipo de apoyo puede ser más adecuado.
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